viernes 3 de julio de 2026 18:48 pm
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Viejo, gordo y sin un chele… pero en Katanga (El Maleconcito), Los Mina, sigo siendo el mismo

Cuando no pierdes tu identidad, nunca dejas de pertenecer

Por José Zabala, creador de contenido

Nueva York.– Hay riquezas que no aparecen en una cuenta bancaria ni se pueden comprar con dinero. Una de ellas es regresar al barrio que te vio nacer y descubrir que el tiempo ha pasado, pero el cariño de la gente sigue intacto.

Eso fue exactamente lo que sentí al volver a Katanga (El Maleconcito), Los Mina.

Hoy puedo decir, con una sonrisa y sin complejos: “Viejo, gordo y sin un chele… pero sigo siendo el mismo.” Y quizás esa sea una de las mayores satisfacciones que puede experimentar un ser humano.

Porque la verdadera identidad no se pierde cuando cambias de ciudad, de país o de posición económica. La identidad se conserva cuando sigues saludando a todos con respeto, cuando compartes como uno más y cuando nunca olvidas de dónde vienes.

El barrio no mide tu valor por el carro que conduces, por la ropa que llevas puesta ni por el dinero que tienes en el bolsillo. El barrio recuerda tu esencia. Recuerda al muchacho que corría por sus calles, que jugaba con los amigos, que compartía un pedazo de pan, que soñaba con un futuro mejor y que aprendió allí las primeras lecciones de la vida.

Por eso, regresar a Katanga es mucho más que una visita. Es reencontrarse con la historia personal. Es abrazar las raíces que nos dieron identidad. Es volver a sentir ese calor humano que difícilmente se encuentra en otro lugar.

Lo más hermoso de todo es que allí nadie espera que llegues aparentando ser otra persona. Al contrario, la mayor alegría de la comunidad es verte igual de sencillo, cercano y auténtico.

Esa es una riqueza que no se compra.

Muchos dominicanos viven hoy en Estados Unidos, Europa o en cualquier rincón del mundo buscando mejores oportunidades. Es un sacrificio noble y necesario. Pero jamás debemos permitir que la distancia nos haga olvidar el barrio donde dimos nuestros primeros pasos.

Cada vez que regresamos y caminamos por esas calles, conversamos con los vecinos, nos reímos con los amigos de infancia y compartimos como siempre lo hicimos, estamos alimentando nuestra identidad y manteniendo viva una parte de nosotros que nunca debe desaparecer.

No se trata de vivir del pasado. Se trata de honrarlo.

Las raíces no son una carga; son el fundamento que nos mantiene firmes cuando la vida cambia.

Mi invitación para todos los dominicanos, vivan donde vivan, es sencilla: cuando regresen a su barrio, no lleguen a impresionar a nadie. Lleguen a abrazar a su gente. Siéntense en la acera. Compartan una conversación. Escuchen historias. Rían con los vecinos. Saluden a quienes los vieron crecer.

Porque al final, el verdadero éxito no consiste en que la gente admire lo que tienes.

El verdadero éxito consiste en que, después de muchos años, alguien te vea llegar y diga con una sonrisa:

“Ahí viene el mismo de siempre.”

Y si algún día alguien dice eso de nosotros, significará que el tiempo pasó, la vida cambió y los años hicieron su trabajo, pero nunca perdimos lo más valioso que tenemos: nuestra identidad, nuestras raíces y el orgullo de pertenecer al barrio que nos vio nacer.

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