miércoles 2 de septiembre de 2026 10:40 am
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¡Alarma en la comunicación dominicana! El escándalo, los insultos y la vulgaridad amenazan con sustituir el talento y la preparación. Hacer ruido es fácil. Comunicar bien sigue siendo una profesión.

Hacer ruido es fácil; comunicar bien sigue siendo una profesión. La búsqueda de popularidad, los ataques personales y el lenguaje agresivo están proyectando una peligrosa imagen de la comunicación dominicana, mientras principios, valores, educación, gramática y credibilidad parecen perder terreno frente al espectáculo y las tendencias.

Insultos, vulgaridades, ataques personales, gritos y conflictos convertidos en contenido están ganando visibilidad en determinados espacios. El fenómeno plantea una pregunta incómoda: ¿se está confundiendo comunicar con hacer ruido? Expertos consideran necesario que las universidades actualicen la formación de los nuevos comunicadores sin abandonar ética, lenguaje, cultura y responsabilidad social.

Por José Zabala, creador de contenido

Nueva York.– Algo preocupante está ocurriendo en determinados espacios de la comunicación dominicana. No se puede generalizar, porque el país cuenta con excelentes periodistas, locutores, productores, comentaristas y creadores de contenido. Pero tampoco se puede ignorar un fenómeno cada vez más visible: hay comunicadores que han convertido la agresión verbal, el conflicto personal, la vulgaridad y el escándalo en herramientas para conseguir audiencia y convertirse en tendencia.

La preocupación no consiste simplemente en que existan programas polémicos. La comunicación siempre ha tenido debate, confrontación y opiniones fuertes. El problema comienza cuando la preparación pierde valor frente al espectáculo, cuando hablar más alto parece importar más que argumentar mejor y cuando destruir públicamente a otra persona produce más atención que presentar una buena investigación.

Estamos entrando en una cultura peligrosa: si el insulto genera visitas, se insulta; si una pelea genera reproducciones, se provoca la pelea; si una acusación genera tendencia, se lanza primero y se verifica después.

¿Estamos formando comunicadores para una realidad que ya cambió?

Aquí las universidades dominicanas tienen una enorme oportunidad.

Las escuelas de Comunicación Social y Periodismo deberían revisar permanentemente sus programas académicos para preguntarse si están preparando profesionales para el ecosistema comunicacional que realmente existe en 2026.

Ya no basta con enseñar radio, televisión, prensa escrita y teoría de la comunicación. El comunicador moderno trabaja frente a YouTube, podcasts, transmisiones en vivo, redes sociales, inteligencia artificial, algoritmos, teléfonos inteligentes y audiencias capaces de convertir un fragmento de 30 segundos en un fenómeno nacional.

Pero modernizar un pénsum no significa abandonar lo fundamental.

Todo lo contrario.

La tecnología cambia; los principios no deberían hacerlo.

Redacción, gramática, dicción, manejo de la voz, lectura, investigación, verificación, cultura general, ética, legislación, derechos de autor, respeto a la dignidad humana y responsabilidad frente a una audiencia deberían continuar siendo columnas esenciales de cualquier formación seria.

La voz también necesita educación

Estamos viendo personas con enormes plataformas que posiblemente dominan perfectamente las redes sociales, pero presentan dificultades para organizar una idea, argumentar sin insultar o diferenciar una información de una opinión.

Y eso merece atención.

Tener seguidores no convierte automáticamente a alguien en buen comunicador, de la misma manera que tener un micrófono no convierte a una persona en periodista.

La audiencia puede premiar momentáneamente el escándalo. El algoritmo incluso puede amplificarlo. Pero una sociedad necesita algo más de quienes ocupan diariamente sus pantallas y micrófonos.

Necesita personas capaces de informar, entretener y debatir sin convertir la humillación del otro en modelo de negocio.

El problema no es solamente del comunicador

También debemos preguntarnos qué estamos consumiendo.

Cada reproducción, comentario y contenido compartido envía una señal al mercado digital. Cuando millones de personas premian una discusión vulgar y prácticamente ignoran una entrevista educativa, el algoritmo aprende rápidamente cuál de las dos cosas debe promover.

Por eso existe una responsabilidad compartida entre comunicadores, propietarios de medios, productores, anunciantes, universidades, plataformas y audiencia.

El comunicador decide qué produce, pero el público también decide qué convierte en tendencia.

Ni siquiera una ley puede educar una lengua

La República Dominicana ha actualizado su legislación penal y existen mecanismos jurídicos para enfrentar determinadas conductas que pueden lesionar derechos. Pero sería un error pensar que un Código Penal o una demanda pueden resolver por sí solos un problema fundamentalmente cultural, profesional y ético.

Una ley puede establecer consecuencias cuando una conducta cruza determinados límites legales. Lo que ninguna legislación puede hacer por sí sola es enseñar prudencia, educación, vocabulario, respeto y criterio profesional.

Eso comienza mucho antes: en el hogar, en la escuela, en la universidad, en las redacciones y frente al micrófono.

Opinión de experto: estamos confundiendo popularidad con credibilidad

Desde una perspectiva académica de la comunicación, el fenómeno puede entenderse como una consecuencia de la economía de la atención. Las plataformas recompensan aquello que provoca reacciones rápidas, y emociones como indignación, sorpresa y conflicto pueden generar una circulación extraordinaria.

Ahí aparece la tentación.

El comunicador descubre que una expresión ofensiva puede producir más visualizaciones que horas de investigación. Pero existe una diferencia fundamental entre ser conocido y ser creíble.

La popularidad puede construirse en una noche. La credibilidad necesita años y puede destruirse en minutos.

Por eso las universidades tienen frente a ellas una responsabilidad histórica: formar al comunicador digital sin renunciar al comunicador profesional. Enseñarle cómo conquistar las nuevas plataformas, pero también cuándo detenerse; cómo generar audiencia, pero también cómo verificar; cómo defender una posición con firmeza, pero sin convertir al adversario en enemigo.

La comunicación dominicana merece algo mejor

No podemos permitir que un grupo ruidoso termine proyectando hacia el exterior la idea de que eso representa toda la comunicación dominicana.

No la representa.

República Dominicana tiene generaciones de grandes voces de la radio, televisión, prensa y comunicación digital. Profesionales que demostraron que se puede tener carácter sin vulgaridad, confrontar sin destruir y conseguir audiencia sin perder educación.

La nueva generación debe aprovechar TikTok, YouTube, podcasts, streaming, inteligencia artificial y todas las herramientas que lleguen. Pero debe hacerlo con preparación.

Porque cuando desaparecen la gramática, el respeto, los principios, la cultura, la investigación y la responsabilidad, no estamos modernizando la comunicación.

Estamos simplemente modernizando el escándalo.

Y quizás esa sea la reflexión más dura: un país no debería medir la calidad de sus comunicadores por quién grita más, quién insulta mejor o quién consigue más vistas después de una controversia.

La verdadera comunicación deja conocimiento, orientación, entretenimiento, cultura y credibilidad. Hacer ruido es fácil. Comunicar bien sigue siendo una profesión.

Foto.Ilustrativa IA.

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