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Alcohol y envejecientes en Nueva York: cuando la copa pesa más y pagar la atención preocupa

Por José Zabala, creador de contenido

Nueva York.– Una copa que antes parecía no causar problemas puede convertirse, con los años, en un riesgo para el equilibrio, la memoria y la salud. El consumo de alcohol entre los envejecientes merece atención, especialmente cuando se combina con medicamentos, enfermedades crónicas y dificultades para pagar la atención médica. Sin embargo, hay una precisión fundamental: el aumento está documentado a escala nacional; las fuentes revisadas no permiten confirmar un incremento reciente específicamente entre los adultos mayores de la ciudad de Nueva York.

El Instituto Nacional sobre el Abuso del Alcohol y Alcoholismo —NIAAA— señala que, entre 2002 y 2019, la proporción de estadounidenses de 65 años o más que consumían alcohol mensualmente aumentó un 16 % en términos relativos. El número de consumidores de ese grupo creció un 80 %, impulsado también por el aumento de la población envejeciente. Esto indica que hay más adultos mayores que beben, pero no demuestra que cada uno consuma mayor cantidad.

En 2024, el 44.5 % de los estadounidenses de 65 años o más reportó haber bebido durante el último mes; el 11.4 % informó consumo excesivo en una ocasión y el 4.8 % presentó un trastorno por consumo de alcohol durante el año. Son indicadores distintos: beber, beber excesivamente y desarrollar un trastorno no significan lo mismo. Tampoco estas cifras nacionales pueden presentarse como estadísticas de Nueva York.

Nueva York: una preocupación real, con una tendencia todavía por comprobar

Un informe municipal sobre la salud de los envejecientes, publicado en 2019 con datos de la encuesta de 2017, encontró que el 5 % de los mayores de 65 años reportaba consumo excesivo en una ocasión o consumo elevado habitual. Esa cifra confirma la existencia del problema, pero no permite establecer si posteriormente aumentó o disminuyó.

Por su parte, un reporte del Departamento de Salud publicado en septiembre de 2025 indicó que, en 2023, aproximadamente la mitad de los adultos neoyorquinos había consumido alcohol en los últimos 30 días y el 7 % bebía de manera elevada habitual. El reporte abarca a los adultos en general: no demuestra un aumento entre los envejecientes. Compararlo directamente con la cifra de 2017 sería mezclar poblaciones e indicadores diferentes.

La lectura responsable es que Nueva York debe prestar atención a un riesgo conocido, sin convertir una tendencia nacional en una afirmación local que aún necesita comprobarse.

¿Qué puede haber detrás de una copa más?

La jubilación, la muerte de un ser querido, los problemas de salud y la pérdida de relaciones sociales pueden alterar profundamente la vida cotidiana. El NIAAA identifica estas circunstancias como factores que pueden llevar a algunas personas mayores a iniciar, mantener o aumentar el consumo para sobrellevar la soledad, el aburrimiento, la ansiedad o la depresión. Son posibles factores de riesgo, no una explicación comprobada de un aumento en Nueva York.

Por eso, una evaluación adecuada necesita preguntar cuánto bebe la persona, qué medicamentos toma y qué está ocurriendo en su vida. La copa puede formar parte de una costumbre social, pero también puede estar acompañando un duelo o un problema emocional que requiere atención.

Tampoco debe reducirse el asunto a la pobreza. El informe municipal de 2025 encontró mayor consumo elevado habitual entre adultos de hogares con ingresos altos que entre los de ingresos bajos. Aunque ese resultado no describe exclusivamente a los envejecientes, cuestiona la idea de que el consumo problemático pertenece solamente a quienes tienen menos recursos.

El cuerpo cambia, aunque la cantidad sea la misma

Uno de los aspectos más importantes es que una persona mayor puede sufrir mayores consecuencias sin haber aumentado lo que bebe. Con el envejecimiento disminuyen el agua corporal y la masa muscular; por ello, una misma cantidad puede producir una concentración de alcohol en la sangre más elevada y efectos más intensos.

Esto aumenta el riesgo de caídas y lesiones, altera la coordinación y puede afectar la memoria y el juicio. El consumo problemático también puede empeorar condiciones de salud mental. Además, mezclar alcohol con determinados medicamentos para dormir, controlar la ansiedad o tratar el dolor puede aumentar la sedación y provocar interacciones peligrosas.

El Departamento de Salud de Nueva York advierte, además, que el alcohol es un carcinógeno y que incluso niveles bajos de consumo pueden aumentar el riesgo de ciertos cánceres. La costumbre de beber durante muchos años no garantiza que esa práctica siga siendo segura.

Sin Medicaid: la preocupación económica exige distinguir las opciones

No tener Medicaid no significa necesariamente estar sin seguro médico. Algunos envejecientes cuentan con Medicare u otra cobertura. Medicare cubre determinados servicios de evaluación y tratamiento de problemas por consumo de sustancias, aunque el paciente puede enfrentar deducibles o coseguros según el servicio y su cobertura.

La Parte B de Medicare cubre una evaluación anual del consumo de alcohol y, para quienes cumplen los requisitos, hasta cuatro sesiones breves de orientación al año. Estos servicios preventivos no tienen costo cuando el proveedor acepta las condiciones de pago de Medicare.

Para quienes carecen de seguro, NYC Care ofrece acceso a atención de bajo costo o gratuita dentro de NYC Health + Hospitals, según ingresos y elegibilidad. Incluye servicios de salud mental y consumo de sustancias. Es un programa de acceso a atención, no un seguro médico; puede consultarse llamando al 646-692-2273.

Asimismo, las normas de los proveedores financiados por la Oficina de Servicios y Apoyos para las Adicciones del estado —OASAS— establecen que la admisión no puede condicionarse a la capacidad de pago y contemplan tarifas ajustadas a los recursos del paciente. Para orientación sobre tratamiento está disponible el 1-877-846-7369.

La preocupación económica merece atención porque puede dificultar las consultas y el seguimiento. Pero no hay base en las fuentes revisadas para afirmar que carecer de Medicaid provoca mayor consumo de alcohol. La respuesta debe incluir una revisión de cobertura y una conexión efectiva con los servicios disponibles.

Una conversación que las familias no deben posponer

Hablar de alcohol con un envejeciente requiere respeto y preguntas claras. Conviene revisar el consumo junto con los medicamentos, las caídas, los cambios de memoria y el estado emocional, sin asumir que toda persona que bebe tiene una adicción ni atribuir automáticamente cualquier síntoma a la edad.

Si alguien bebe mucho de manera habitual, debe buscar orientación médica antes de suspenderlo bruscamente: la abstinencia puede provocar convulsiones y complicaciones potencialmente mortales. Ante convulsiones, pérdida de conciencia o dificultad para respirar, se debe llamar al 911.

Nueva York necesita datos comparables para determinar si el consumo está aumentando entre sus envejecientes. Mientras tanto, la evidencia disponible ya justifica actuar: detectar el problema temprano, revisar las interacciones con medicamentos y facilitar la atención, con o sin Medicaid.

ZabalaAlDía.com — “La voz que conecta con la comunidad y la diaspora Dominicana”.

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