


Por José Zabala, creador de contenido
En la vida cristiana hay palabras que no solo se pronuncian, se sienten. Hay expresiones que no solo se dicen, se viven. Una de ellas es “Aleluya”, una palabra corta, pero cargada de historia, fe y profunda espiritualidad católica. Decir “Aleluya” no es repetir una palabra bonita. Es comprometerse con la fe. Es entender que, aunque el camino tenga momentos de cruz, siempre hay Resurrección.
En cada Misa, en cada celebración litúrgica, en cada corazón que se levanta hacia Dios con gratitud, el “Aleluya” es más que un canto: es una proclamación de victoria espiritual.
De dónde viene la palabra “Aleluya”?
La palabra Aleluya proviene del hebreo “Hallelû-Yah”, que significa literalmente:
“Alaben al Señor”
(“Hallelû” = alaben / “Yah” = abreviación del nombre de Dios, Yahvé)
Es una expresión bíblica que aparece numerosas veces en el Antiguo Testamento, especialmente en los Salmos (como el Salmo 146 al 150), donde el pueblo de Israel proclamaba la grandeza y misericordia de Dios.
En el Nuevo Testamento, la palabra aparece de manera solemne en el Libro del Apocalipsis, cuando el cielo entero canta la gloria del Señor.
El “Aleluya” no es una palabra inventada por la Iglesia: es una herencia sagrada que viene del pueblo elegido y que el cristianismo adoptó como expresión de júbilo por la Resurrección de Cristo.
Cuándo se dice “Aleluya” en un acto católico?
En la liturgia católica, el “Aleluya” tiene momentos específicos y profundamente significativos:
Antes de la proclamación del Evangelio
Durante la Misa, el “Aleluya” se canta antes del Evangelio como una aclamación a Cristo, que va a hablar a través de su Palabra. Es un gesto de preparación espiritual y alegría por escuchar a Jesús.
En el Tiempo Pascual
El “Aleluya” alcanza su máxima expresión durante la Pascua, cuando celebramos que Cristo ha resucitado. En este tiempo, se repite constantemente como símbolo de victoria sobre el pecado y la muerte.
No se dice durante la Cuaresma
Este detalle es profundamente espiritual. Durante los 40 días de Cuaresma, la Iglesia “silencia” el Aleluya como signo de recogimiento, penitencia y preparación.
Cuando regresa en la Vigilia Pascual, su proclamación es más fuerte, más viva, más gloriosa.
Ese silencio nos enseña que la alegría verdadera nace después del sacrificio.
Qué importancia tiene el “Aleluya”?
El “Aleluya” es:
• Un grito de fe
• Una proclamación de esperanza
• Una expresión de gratitud
• Un reconocimiento del poder de Dios
• Una afirmación de que Cristo vive
Cuando un creyente dice “Aleluya” con el corazón, está diciendo:
“Señor, confío en Ti. Señor, Tú tienes la última palabra.”
No es una expresión superficial. Es una declaración espiritual.
Aleluya en la vida cotidiana
No solo se dice en el templo. También se puede vivir en el día a día:
• Cuando superamos una prueba difícil.
• Cuando recibimos una bendición inesperada.
• Cuando aprendemos a perdonar.
• Cuando comprendemos que Dios tiene sus planes y no falla.
El “Aleluya” es la respuesta del alma que reconoce la presencia de Dios incluso en medio de las dificultades.
Una invitación espiritual
Decir “Aleluya” no es repetir una palabra bonita. Es comprometerse con la fe. Es entender que, aunque el camino tenga momentos de cruz, siempre hay Resurrección.
En una sociedad acelerada, confundida y muchas veces distante de Dios, el “Aleluya” nos recuerda que la alegría verdadera no viene del mundo, sino del encuentro con Cristo.
Hoy más que nunca, necesitamos volver a proclamarlo con sentido, con reverencia y con fe.
Porque cuando el pueblo creyente dice Aleluya, el cielo responde.
Por José Zabala, creador de contenido: Promoviendo el arte, la cultura y el orgullo latino-americano en la diáspora.
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