martes 25 de agosto de 2026 16:11 pm
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Antes de ganar te llaman; después de ganar…¿Por qué sucede?   ¿quién coge el teléfono? Lo que no puede poner en silencio es la memoria del votante.

Una queja que se escucha con frecuencia entre dominicanos: cuando el político necesita apoyo aparece, llama y contesta; pero después de llegar al poder, conseguirlo por teléfono puede convertirse en toda una aventura. ¿Tiene que coger todas las llamadas? Claro que no. Nadie que ocupe una posición importante puede responder personalmente 100 o 200 llamadas diarias. Para eso existen asistentes, oficinas, enlaces comunitarios y equipos políticos.

Por José Zabala, creador de contenido

Nueva York.– Entre los dominicanos hay una expresión que se escucha en Nueva York, Santo Domingo y cualquier lugar donde se hable de política: “Antes de ganar me cogía el teléfono; ahora ni me devuelve la llamada”.

Y aunque no se puede meter a todos los políticos en el mismo saco, la queja existe.  Antes de las elecciones hay políticos que contestan rápido, devuelven el WhatsApp, saludan, preguntan por la familia y hasta dicen: “Guarda mi número y llámame para lo que sea”. El problema es que algunos ciudadanos cuentan que, después de la victoria, llaman al mismo número y parece que cambió hasta el dueño del teléfono.

¿Por qué sucede?

Una explicación sencilla es que el poder cambia la agenda. El candidato que antes buscaba gente pasa a ser un funcionario buscado por cientos de personas. Llegan compromisos, reuniones, funcionarios, empresarios, compañeros del partido, dirigentes comunitarios, familiares, amigos y ciudadanos solicitando ayuda.

Y aparece otra frase que también se ha vuelto familiar: “Está en una reunión”. No importa mucho el cargo. Antes de ser electo parecía haber tiempo para una llamada, un café o una conversación; después de llegar a la posición, da la impresión de que las reuniones nunca terminan. “Está reunido con el presidente”, “está con el ministro”, “está con el jefe”, “está en una reunión importante”. Naturalmente, un funcionario tiene responsabilidades y reuniones reales, pero cuando esa respuesta se convierte siempre en la explicación para no comunicarse, el ciudadano puede comenzar a preguntarse, con humor dominicano: “¿Y a qué hora termina esa reunión?”

Eso puede explicar que no pueda contestarle personalmente a todo el mundo. Lo que resulta más difícil de explicar es cuando tampoco contesta nadie de su equipo.

Ahí comienza el problema.  Desde una mirada de comunicación política, el asunto no es necesariamente que el funcionario tenga que vivir pegado al celular. El verdadero riesgo aparece cuando la falta de respuesta se convierte en sensación de abandono.

Un experto en comunicación política podría resumirlo de esta manera: el ciudadano no espera necesariamente hablar todos los días con el funcionario; espera comprobar que la puerta que estaba abierta durante la campaña no se cerró después de las elecciones.

Y eso tiene mucho sentido dentro de nuestra cultura dominicana. Aquí la política todavía tiene mucho de relación personal. El ciudadano recuerda quién lo saludó, quién visitó su barrio, quién estuvo presente y quién le dijo: “Cuando lleguemos, cuenta conmigo”.

Por eso una llamada sin contestar parece poca cosa, pero repetida muchas veces puede convertirse en una percepción peligrosa: “Ya ganó y se olvidó de nosotros”.

Pero alguien tiene que responder. A veces un simple “recibimos su mensaje, vamos a verificarlo” vale más políticamente que dejar a una persona llamando durante tres semanas.

Porque el ciudadano quizá comprenda que usted está ocupado. Lo que difícilmente acepta es sentirse ignorado. Y ahí está la parte divertida de esta historia: hay teléfonos políticos que tienen una batería extraordinaria en campaña y misteriosamente comienzan a perder señal después de las elecciones.

Pero cuidado: cuatro años pasan rápido. El político puede poner el teléfono en silencio, cambiar de número, estar en reunión con el presidente, con el ministro o dejarle las llamadas al asistente. Lo que no puede poner en silencio es la memoria del votante.

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