Su advocación, conmemorara cada 21 de enero de cada año, renueva la fe y reafirma el sentido de pertenencia nacional.
Por José Zabala, creador de contenido
New York: La devoción de los dominicanos que viven fuera de su país hacia Virgen de la Altagracia trasciende lo estrictamente religioso. Para la diáspora, ella es identidad, refugio emocional, memoria colectiva y esperanza. En la distancia, su imagen se convierte en un puente espiritual que une la isla con quienes emigraron, recordándoles quiénes son, de dónde vienen y por qué siguen sintiendo a la República Dominicana como hogar.
Para los dominicanos del exterior, la Virgen de la Altagracia no es solo una imagen: es madre, patria y esperanza. Es el símbolo que une generaciones, que acompaña el sacrificio migrante y que mantiene encendida la llama de la herencia cultural y espiritual. En la distancia, su devoción reafirma una verdad profunda: la fe también es hogar.
Un símbolo que viaja con el dominicano
Para miles de dominicanos en el exterior, la Altagracia camina con ellos: está en los hogares, en las carteras, en los altares improvisados y en las grandes celebraciones comunitarias. Es la madre espiritual que acompaña el trabajo duro, la nostalgia y el sacrificio de vivir lejos. Su advocación, conmemorara cada 21 de enero, renueva la fe y reafirma el sentido de pertenencia nacional.
Factores clave de esta devoción
1) Identidad y pertenencia.
La Altagracia es reconocida como la madre y protectora del pueblo dominicano. Fuera de la isla, su devoción consolida una identidad común, especialmente en comunidades donde convivir con otras culturas puede diluir las raíces.
2) Amor maternal y refugio.
Para la diáspora, ella representa el abrazo de una madre que escucha, protege y consuela. En momentos de incertidumbre enfermedad, soledad o dificultades migratorias su figura ofrece amparo y calma.
3) Fe y esperanza.
La Altagracia es un faro espiritual. Su devoción inspira fortaleza y confianza para enfrentar los retos de la vida en tierras extranjeras.
4) Tradición y conexión con las raíces.
Celebrarla es mantener viva la cultura: rezos, cantos, misas y encuentros comunitarios que conectan generaciones y sostienen la memoria colectiva.
5) Orgullo de una advocación propia.
Como una de las primeras advocaciones marianas nativas de América, la Altagracia es sentida como “nuestra”, fortaleciendo el orgullo dominicano.
6) Puente de unidad.
En el exterior, su fe une: crea comunidad, familia extendida y solidaridad entre dominicanos.
La fe que congrega a la diáspora en Nueva York
Cada enero, la devoción se expresa con fuerza en Nueva York. En un ambiente de profunda fe y pertenencia, la comunidad dominicana celebra una misa multitudinaria en la Catedral de San Patricio. La eucaristía es encabezada por el Consulado General de la República Dominicana en Nueva York y el Comité Arquidiocesano de la Virgen de la Altagracia, con la participación de autoridades y líderes comunitarios.
Durante la homilía, se subraya la importancia de los valores familiares, sociales, culturales y espirituales, exhortando a preservarlos tanto en la República Dominicana como en la diáspora. La celebración ha contado con el auspicio pastoral de Joseph Espaillat, reconocido por su cercanía con la comunidad latina y sacerdotes dominicanos invitados.
Más que un rito: identidad viva
Estas celebraciones no son solo actos litúrgicos. Son espacios de encuentro, unidad e identidad, donde familias enteras elevan oraciones por su comunidad y por la nación que llevan en el corazón. La tradición, respaldada por el Consulado y el Comité Arquidiocesano de la Virgen de la Altagracia, mantiene viva la fe y el orgullo dominicano más allá de las fronteras.
















