miércoles 30 de septiembre de 2026 09:44 am
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Sembrar miedo en una sociedad que progresa: ¿una amenaza silenciosa para la democracia?

La libertad de expresión protege el derecho a criticar y disentir, pero no convierte la manipulación, la exageración sistemática ni la desinformación en prácticas responsables.

La pregunta que cada ciudadano debería hacerse frente a un mensaje alarmante es sencilla: ¿me están informando para que comprenda la realidad o me están asustando para controlar mi opinión?

Por José Zabala, creador de contenido

Nueva York.– Una democracia saludable necesita medios de comunicación independientes, ciudadanos críticos y voces capaces de cuestionar al poder. Sin embargo, existe una diferencia profunda entre informar sobre los problemas reales de una sociedad y construir deliberadamente una sensación permanente de caos, fracaso e inseguridad.

Cuando determinados sectores políticos, económicos, sociales o mediáticos convierten el miedo en una estrategia, no solamente afectan la imagen de un gobierno. También pueden debilitar la confianza colectiva, frenar iniciativas productivas y provocar que una población pierda la capacidad de reconocer sus propios avances.

El miedo como instrumento de poder

El miedo siempre ha sido una herramienta eficaz para influir en las decisiones humanas. Una sociedad asustada reacciona con rapidez, pero no necesariamente con racionalidad. Puede aceptar discursos extremos, desconfiar de las instituciones y tomar decisiones electorales basadas más en emociones que en hechos comprobados.

La repetición constante de mensajes alarmistas produce la impresión de que todo está peor, aunque algunos indicadores económicos, sociales o institucionales demuestren lo contrario. Esto no significa que deban ocultarse los problemas, sino que deben presentarse con contexto, proporción y evidencia.

Cuando un crimen aislado se utiliza para declarar que todo un país está fuera de control, o una dificultad económica se presenta como el derrumbe absoluto de una nación, la información deja de orientar y comienza a manipular.

Las redes sociales multiplican la percepción

Las plataformas digitales aumentan el alcance de cualquier acontecimiento. Una imagen impactante puede compartirse miles de veces, publicarse sin contexto y convertirse en la supuesta representación de toda una sociedad.

El algoritmo favorece aquello que provoca indignación, miedo o conflicto. Como resultado, las noticias positivas sobre crecimiento, inversiones, educación, turismo, infraestructura o estabilidad institucional reciben menos atención que una grabación violenta o una denuncia todavía no comprobada.

Así puede surgir una realidad paralela: la vida cotidiana presenta avances y dificultades, pero la conversación digital únicamente reproduce tragedias, enfrentamientos y pronósticos de fracaso.

Criticar no es sembrar pánico

La crítica pública es indispensable. Los periodistas, comunicadores y ciudadanos tienen derecho a investigar, denunciar, opinar y disentir de cualquier posición oficial. Pretender silenciar esas voces también sería un peligro para la democracia.

Pero ejercer la libertad de expresión implica una responsabilidad ética: verificar los hechos, diferenciar una opinión de una información, corregir errores y no presentar acusaciones como sentencias definitivas.

No todo cuestionamiento constituye una campaña de miedo. La diferencia está en el método y la intención. La crítica responsable aporta pruebas y propone una discusión; la manipulación selecciona solamente aquello que confirma una narrativa, exagera sus consecuencias y descarta cualquier dato que la contradiga.

Efectos sobre una sociedad en crecimiento

Sembrar miedo sistemáticamente puede tener consecuencias concretas:

  • Reduce la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.
  • Aumenta la polarización política y social.
  • Puede afectar inversiones, turismo y creación de empleos.
  • Provoca que los gobiernos respondan impulsivamente a la presión mediática.
  • Desacredita injustamente los avances alcanzados por la propia sociedad.
  • Crea apatía, desesperanza y la falsa idea de que ningún esfuerzo vale la pena.

El peligro aumenta cuando esa narrativa se utiliza para convencer a la población de que únicamente una persona, un partido o un grupo determinado puede salvarla. El miedo deja entonces de ser una consecuencia de la información y se convierte en una herramienta para conquistar o conservar poder.

Defender la libertad sin renunciar a la verdad

La respuesta democrática no debe ser la censura. Un gobierno no puede decidir cuáles opiniones son aceptables ni castigar la crítica bajo el argumento de proteger la estabilidad. Ese camino podría ser todavía más peligroso que el problema que intenta resolver.

La mejor defensa es fortalecer el acceso a datos públicos, garantizar el derecho a réplica, promover el periodismo de investigación, enseñar alfabetización mediática y exigir transparencia tanto al Estado como a quienes informan.

Una ciudadanía bien informada puede reconocer simultáneamente los avances de su país y sus problemas pendientes. No necesita propaganda para sentirse orgullosa ni alarmismo para mantenerse vigilante.

Reflexión final

Sí, tratar de implantar miedo en una sociedad que crece puede convertirse en una amenaza para la democracia. Pero combatirlo no requiere limitar la libertad de expresión, sino elevar la calidad de la conversación pública.

Una nación madura no es aquella donde nadie critica, sino aquella donde las críticas están acompañadas de hechos, contexto y responsabilidad. La democracia se debilita tanto cuando el poder intenta silenciar a la prensa como cuando la comunicación abandona la verdad para convertir el temor en mercancía política, económica o social.

La pregunta que cada ciudadano debería hacerse frente a un mensaje alarmante es sencilla: ¿me están informando para que comprenda la realidad o me están asustando para controlar mi opinión?

ZabalaAlDía.com — “La voz que conecta con la comunidad y la diaspora Dominicana”.

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