El Despacho Oval de la Casa Blanca fue escenario de un momento sin precedentes: un grupo de pastores evangélicos, liderados por figuras como Tom Mullins y la controvertida Paula White Cain, se reunió para orar por el presidente Donald Trump y las fuerzas armadas de Estados Unidos. El acto, organizado por la Oficina de Fe —un organismo creado para fortalecer los vínculos entre el gobierno y las comunidades religiosas—, tuvo lugar en un contexto de crecientes tensiones con Irán y otros focos de conflicto global.
Las imágenes del encuentro, rápidamente viralizadas, muestran a los líderes religiosos con las manos sobre los hombros de Trump, quien permaneció sentado en su escritorio presidencial. «Dios Todopoderoso, te pedimos que cubras a nuestro presidente con tu manto de protección y le des la sabiduría para tomar decisiones que beneficien a la nación», declaró Mullins, pastor de Christ Fellowship en Florida. Las oraciones también incluyeron súplicas por la seguridad de los soldados estadounidenses, en un gesto que refleja la preocupación por el personal militar en misiones de alto riesgo.
La fe como escudo en tiempos de crisis
La reunión no solo fue un acto de apoyo espiritual, sino también un símbolo político. La Oficina de Fe, dirigida por White Cain —una figura cercana a Trump desde 2002—, ha sido criticada por mezclar religión y Estado, pero para sus defensores representa un «espacio legítimo» para que la voz de los creyentes sea escuchada en la esfera pública. «La fe no debe quedar fuera de las decisiones que afectan a millones», argumentó un asistente.
Mientras el mundo observa con atención el desarrollo de los conflictos en Oriente Medio, este tipo de encuentros refuerza la narrativa de Trump como un líder respaldado por la comunidad evangélica, un sector clave en su base electoral. «Estamos aquí para recordar que, más allá de las estrategias militares, la protección divina es fundamental», añadió otro pastor.
¿Unión o polarización?
El evento generó reacciones encontradas. Para sus partidarios, fue un acto de solidaridad y esperanza; para sus críticos, una instrumentalización de la religión. Lo cierto es que, en un año electoral, cada gesto del presidente es analizado bajo la lupa, y este no fue la excepción.
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