Un mensaje que contradice la cultura de las dietas
Durante décadas, la grasa ha sido demonizada: la cultura del fitness insta a «quemarla», la industria alimentaria vende productos «bajos en grasa» y las redes sociales propagan consejos para lograr cuerpos extremadamente definidos. Sin embargo, los expertos advierten este año sobre el resurgimiento de la tendencia a la extrema delgadez —impulsada en parte por la popularidad de los medicamentos para perder peso— y recuerdan una verdad biológica incómoda para esa narrativa: un cuerpo sin grasa no es sano.
«Tenemos que querer a nuestra grasa», dice a la BBC la endocrinóloga Elif Oral, profesora de Medicina de la Universidad de Michigan. «Desempeña una función biológica muy importante».
Un órgano activo, no un simple depósito
La grasa corporal, lejos de ser un almacén pasivo de excedencias, es un órgano activo que interviene en la regulación de múltiples funciones del organismo. Mikael Ryden, profesor del Instituto Karolinska de Suecia, la describe como una «bóveda especializada»: acumula nutrientes cuando la energía abunda y los libera solo cuando son necesarios. Fue el sistema que permitió a nuestros antepasados sobrevivir a las épocas de escasez.
Su función comunicativa es igualmente vital: las células adiposas producen hormonas —la más estudiada es la leptina— que informan al cerebro sobre las reservas energéticas y la saciedad. «La leptina le indica al cerebro que hay suficientes reservas de energía, y entonces el cerebro puede casi relajarse», explica Oral, permitiendo que el cuerpo priorice procesos como la reproducción y la lucha contra infecciones. Sin esa señal, las funciones esenciales dejan de ser prioritarias.
La grasa también regula la temperatura: la blanca actúa como capa aislante, mientras que la parda y la beige queman energía para producir calor.
Los peligros de tener demasiado poca
El exceso de grasa está asociado a enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, ciertos cánceres y osteoartritis. Pero la carencia extrema activa el «modo de inanición»: el sistema inmune se debilita, el cuerpo descompone masa muscular, los huesos dejan de repararse —con riesgo de fracturas— y la salud hormonal y reproductiva se altera, con caídas de testosterona en hombres y desaparición de la menstruación en algunas deportistas.
Curiosamente, diversos estudios muestran que un peso algo mayor en la mediana edad y la vejez se asocia a mejores tasas de supervivencia ante enfermedades graves: las personas con obesidad que sufren un evento cardiovascular tienen menos probabilidades de morir por él que las delgadas que padecen lo mismo, un fenómeno llamado la «paradoja de la obesidad».
¿Cuánta es la correcta?
Como orientación, los hombres adultos sanos suelen tener entre 10 % y 20 % de grasa corporal, y las mujeres entre 20 % y 29 %. En deportistas es menor: un estudio con escáneres DEXA a más de 700 atletas encontró los mínimos en 10 % (hombre) y 16 % (mujer), para sorpresa de varios participantes que creían tener apenas 1-2 %.
Para monitorear en casa, la BBC sugiere dos indicadores sencillos: la relación cintura-altura (saludable entre 0.4 y 0.49) y la relación cintura-cadera (elevada por encima de 0.90 en hombres y 0.85 en mujeres). El IMC, en cambio, no distingue grasa de músculo.
La conclusión de los expertos: la clave no es tener la menor grasa posible, sino la cantidad adecuada. O, como sintetiza Oral: «creemos que la grasa es a la vez poderosa y hermosa».
















