lunes 16 de febrero de 2026 18:53 pm
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Las mentiras entre los cristianos: Una herida al Mandamiento #8 que se convierte en pecado.

¿Se están incrementando las mentiras en la Iglesia?

Cuando la sociedad convierte la mentira en “verdad”. “La verdad los hará libres” (Jn 8,32).

Por José Zabala, creador de contenido

New York: En una sociedad donde repetir una falsedad mil veces puede convertirla en “verdad pública”, los cristianos estamos llamados a una fidelidad más alta: la fidelidad a la Verdad que es Cristo. El Mandamiento número ocho “No darás falso testimonio ni mentirás” no es una simple norma social; es un pilar moral que protege la dignidad del prójimo y la santidad de nuestra conciencia.

Cuando la mentira entra en el corazón del creyente, no solo se rompe la confianza humana; se hiere la comunión con Dios. El Evangelio nos recuerda que el diablo es “padre de la mentira” (Jn 8,44), mientras que Jesús declara:

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). Mentir, por tanto, no es un acto neutral: es alejarse de la luz.

¿Qué es la mentira y cuándo es pecado?

El Catecismo enseña que la mentira consiste en decir algo falso con intención de engañar. Moralmente, la gravedad depende de tres factores:

1. Materia (lo que se miente),

2. Intención (por qué se miente),

3. Circunstancias (a quién afecta y cuánto daño causa).

Podemos clasificar la mentira así:

• Mentira venial: cuando el daño es leve y no hay grave perjuicio.

• Mentira grave o mortal: cuando daña seriamente la reputación, la justicia o el bien común (calumnia, difamación, falso testimonio).

• Mentira sistemática o manipuladora: cuando se repite con estrategia para construir una narrativa falsa. Esta hiere profundamente la comunidad y puede volverse estructura de pecado.

Como cristianos, debemos recordar: no podemos justificar la mentira “porque todos lo hacen”. La repetición no convierte el pecado en virtud.

¿Se están incrementando las mentiras en la Iglesia?

En tiempos de redes sociales, rumores y polarización, también dentro de comunidades eclesiales pueden surgir chismes, juicios temerarios y desinformación. Cuando la mentira se infiltra en la Iglesia, el daño es doble: afecta a personas concretas y debilita el testimonio evangelizador.

Una comunidad que tolera la mentira pierde autoridad moral. Por eso, el remedio no es el silencio cómplice, sino la conversión del corazón.

¿Qué debemos hacer como católicos?

Examen de conciencia frecuente: Preguntarnos si nuestras palabras edifican o destruyen.

Formación moral: Enseñar a niños, jóvenes y adultos el valor de la verdad.

Confesión sacramental: Reconocer el pecado y buscar la gracia sanadora.

Corrección fraterna: Con caridad, no con juicio.

Cultura de transparencia: En parroquias, movimientos y liderazgos.

La solución no es atacar, sino sanar. La verdad sin caridad es dureza; la caridad sin verdad es complicidad. Cristo nos llama a vivir ambas.

Cuando la sociedad convierte la mentira en “verdad”

Vivimos en una cultura donde la narrativa mediática, la repetición y la presión social pueden normalizar lo falso. Pero el cristiano no sigue la corriente; sigue la cruz. La verdad puede ser incómoda, pero es liberadora: “La verdad los hará libres” (Jn 8,32).

El Mandamiento número ocho nos recuerda que la palabra tiene poder creador o destructor. Cada conversación, cada publicación, cada comentario puede ser semilla de luz o de oscuridad.

Los Diez Mandamientos (El Decálogo)

Los Diez Mandamientos, según el libro del Éxodo 20, son leyes religiosas y morales entregadas por Dios a Moisés en el Monte Sinaí. En la tradición católica se expresan así:

1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.

2. No tomarás el nombre de Dios en vano.

3. Santificarás las fiestas.

4. Honrarás a tu padre y a tu madre.

5. No matarás.

6. No cometerás actos impuros.

7. No robarás.

8. No darás falso testimonio ni mentirás.

9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

10. No codiciarás los bienes ajenos.

La mentira nunca será camino de salvación. Aunque la sociedad la normalice, el cristiano está llamado a ser testigo de la verdad. En tiempos de confusión, la Iglesia debe ser faro de claridad moral.

Defender la verdad no es fanatismo; es fidelidad. Y la fidelidad comienza en lo pequeño: en cada palabra que pronunciamos.

Por José Zabala, creador de contenido: Promoviendo el arte, la cultura y el orgullo latino-americano en la diáspora.

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