- El turismo dominicano, lejos de repetir un modelo único, apuesta por destinos con identidades diferenciadas, crecimiento planificado y mayor conexión con sus comunidades.
Elizahenna Del JesúsSanto Domingo, RD Listin Diario
22/01/2026 00:00 | Actualizado a 22/01/2026 00:00
Durante décadas, el turismo dominicano creció mirando casi siempre hacia los mismos puntos del mapa. El sol, la playa y los grandes complejos hoteleros marcaron el ritmo de una industria que se consolidó como uno de los principales motores económicos del país. En los últimos años, sin embargo, el país ha ido afinando una estrategia que apuesta por la especialización de sus destinos, bajo la premisa de que no todos deben ofrecer lo mismo ni crecer de la misma manera. En ese nuevo mapa de prioridades, Pedernales, Miches y Samaná ocupan un lugar clave porque representan tres formas distintas, y complementarias, de entender el turismo.
Por eso hoy no aparecen como apuestas improvisadas. Son territorios que condensan una visión más amplia del desarrollo turístico: planificación a largo plazo, diversificación de la oferta, sostenibilidad ambiental y un impacto que se extiende más allá de los aeropuertos y las playas privadas, hasta tocar la vida cotidiana de sus comunidades.
Pedernales: puerta de entrada al desarrollo del sur
En Pedernales, el turismo llegó por mar. Y no es un detalle menor.
El puerto de Cabo Rojo se ha convertido en el principal catalizador del desarrollo turístico del suroeste dominicano. Antes de la apertura de los grandes hoteles, fueron los cruceros los que marcaron el ritmo, posicionando a la provincia como un nuevo punto estratégico en el mapa del Caribe.

La llegada de embarcaciones como el Oasis of the Seas, con más de 6,500 pasajeros, colocó a Pedernales en el radar internacional y confirmó que el destino tiene la capacidad de integrarse a las grandes rutas de cruceros. En apenas un año de operaciones, más de 40 mil cruceristas han pisado suelo pedernalense, generando un impacto directo en la economía local y activando sectores que históricamente habían quedado al margen del desarrollo turístico.
En este territorio, el turismo de cruceros no funciona como un complemento, sino como una verdadera puerta de entrada al desarrollo: dinamiza el comercio, visibiliza la cultura local, crea empleo inmediato y fortalece encadenamientos productivos que involucran a artesanos, transportistas, guías y pequeños negocios. Al mismo tiempo, prepara el terreno para una oferta hotelera que ya tiene fechas y nombres definidos. La apertura del primer hotel Iberostar, con 588 habitaciones, prevista para finales del próximo año, marcará el inicio de una nueva etapa.
Este proceso ha ido acompañado de una infraestructura que antes no existía. Carreteras de acceso, sistemas eléctricos, plantas de tratamiento de aguas residuales y un aeropuerto internacional que comenzará a operar en 2026 forman parte de un engranaje pensado para sostener el crecimiento sin improvisaciones y evitar los errores de desarrollos acelerados del pasado.
Hablar de Pedernales es hablar también de una deuda histórica. Durante décadas, esta provincia fue sinónimo de riqueza natural y abandono estatal. Hoy, ese contraste comienza a resolverse a través de un proyecto que concibe el turismo no solo como negocio, sino como una herramienta de transformación social y territorial, capaz de generar oportunidades donde antes predominaba la exclusión.
El Proyecto de Desarrollo Turístico de Cabo Rojo marca así un antes y un después. Pedernales no se está “llenando de hoteles”; se está construyendo como destino desde cero, con planificación, visión de largo plazo y una lógica de crecimiento que busca integrar a la comunidad y proteger su entorno.
Más allá de los números, el mayor cambio en Pedernales es de enfoque. La provincia dejó de ser vista como un “potencial desaprovechado” para convertirse en un ejemplo de cómo el turismo, cuando se planifica, puede equilibrar el desarrollo del país y abrir oportunidades reales en una región históricamente relegada.
Miches: turismo que aprende a convivir con la naturaleza
Si Pedernales crece desde el mar, Miches lo hace desde la tierra y desde una idea distinta de desarrollo. Este destino emergente del noreste dominicano ha sido pensado como una apuesta estratégica por el ecoturismo, la planificación y la convivencia entre inversión, naturaleza y comunidades.
Miches no parte de cero, pero tampoco carga con la saturación de otros polos turísticos. Su fortaleza está en el territorio: playas extensas y poco intervenidas, cordilleras cercanas, humedales, lagunas y áreas protegidas que han obligado a diseñar un modelo donde el paisaje no es sacrificable. Aquí, el turismo se planifica con límites claros, densidades controladas y una narrativa que pone la sostenibilidad en el centro.

El tipo de visitante que llega (y el que se busca atraer) marca la diferencia. Miches se proyecta hacia un turista que valora el contacto con la naturaleza, el bienestar, las experiencias al aire libre y la autenticidad del entorno. No se trata solo de dormir frente al mar, sino de caminar el territorio, entenderlo y consumirlo de forma responsable.
La inversión hotelera, incluyendo marcas internacionales, avanza acompañada de mejoras en la infraestructura vial, servicios básicos y ordenamiento territorial. Pero, a diferencia de modelos anteriores, el crecimiento no se plantea como una carrera por construir más, sino como un proceso gradual que permita integrar a las comunidades locales y proteger los ecosistemas que hacen único al destino.
En Miches, el turismo no compite con la naturaleza, sino que se desarrolla a partir de ella. La hotelería de alto nivel convive con experiencias de bajo impacto ambiental, y el concepto de lujo se redefine lejos de la masividad, apostando por el espacio, el silencio y la conexión con lo natural.
Este enfoque conecta con una tendencia global cada vez más marcada: viajeros que buscan destinos con sentido, coherencia ambiental y responsabilidad social. En ese contexto, Miches no solo amplía la oferta turística del país, sino que funciona como un laboratorio de un modelo más consciente y adaptable a los desafíos climáticos y sociales del presente.
Más que un destino emergente, Miches se ha ido consolidando como una referencia de hacia dónde puede y necesita evolucionar el turismo dominicano.
Samaná: la madurez de la diversidad
Samaná no es un destino nuevo, pero sí es uno de los más completos del país. Su valor no está en la novedad, sino en la experiencia acumulada. A lo largo de los años, ha logrado consolidar un modelo de ecoturismo con identidad propia, donde la naturaleza convive con la cultura, la vida comunitaria y una oferta turística diversa que se mantiene activa durante todo el año.
La observación de ballenas, los saltos de agua, las playas, el turismo rural, la aventura y la gastronomía local forman parte de un ecosistema turístico que no depende de una sola temporada ni de un solo tipo de visitante. Samaná demuestra que el ecoturismo no es una tendencia pasajera, sino un modelo viable cuando se construye con coherencia, planificación y respeto por el entorno.

A diferencia de otros polos turísticos, aquí el crecimiento ha sido más orgánico. Comunidades locales, guías especializados, pequeños empresarios y proyectos familiares han sido parte activa del desarrollo del destino. Esa integración ha permitido que el turismo genere valor más allá de los grandes complejos, fortaleciendo el tejido social y económico de la provincia.
Samaná también ha sabido reinventarse sin perder identidad. Ha incorporado nuevas propuestas y mejoras en infraestructura sin borrar aquello que la distingue: su relación con el territorio, su biodiversidad y una cultura local que sigue siendo visible y protagonista. Esa capacidad de adaptación es una de sus mayores fortalezas. En el contexto del desarrollo turístico nacional, Samaná cumple un rol clave. Funciona como un puente entre la experiencia del pasado y la visión de futuro que hoy impulsa el país: diversificación, sostenibilidad y turismo con sentido territorial.
- Más allá del sol y la playa
Lo que une a Pedernales, Miches y Samaná no es solo su atractivo natural, sino el papel que juegan en una estrategia más amplia. Estos destinos encarnan las premisas del turismo dominicano del presente y del futuro: inversión con planificación, alianzas público-privadas, sostenibilidad ambiental, inclusión social y diversificación de productos.
A esto se suma el auge del turismo de cruceros, el turismo deportivo y las experiencias especializadas que amplían la oferta más allá del tradicional todo incluido. Eventos internacionales, rutas culturales, ecoturismo y deportes de aventura refuerzan una marca país que ya no se explica en una sola postal.
Quizás el mayor cambio no se mide en habitaciones construidas ni en cruceros atracados, sino en historias cotidianas. Conductores que ahora tienen pasajeros, artesanos que venden sus trabajos, jóvenes que encuentran empleo sin tener que emigrar.
El turismo que hoy se impulsa en estos destinos busca algo más ambicioso: que el desarrollo se note en la vida diaria de las comunidades. Que Pedernales deje de ser sinónimo de lejanía. Que Miches crezca sin perder su esencia. Que Samaná siga siendo diversa y auténtica.
En ese sentido, estos tres territorios no solo representan destinos emergentes o consolidados, representan una pregunta clave que hoy se hace la República Dominicana: ¿cómo crecer mejor? La respuesta, cada vez más clara, parece estar escrita en estos paisajes.
















