Dos personajes que durante décadas fueron parte de cumpleaños, televisión y fiestas populares se ven cada vez menos, aunque el dominicano nunca ha dejado de hablar de “trucos”
Por José Zabala, creador de contenido
Nueva York.– Hay una pregunta que merece una investigación nacional, pero sin policía, sin fiscales y sin detectives: ¿dónde están los magos y los payasos de la República Dominicana?
Durante muchos años fueron personajes casi obligatorios de las celebraciones dominicanas. Había cumpleaños donde antes de preguntar por el bizcocho preguntaban:
—¿Y van a llevar un mago?
—¿Contrataron el payaso?
Y si aparecían los dos, aquello era una producción completa.
El mago es el artista del ilusionismo: utiliza habilidad, práctica, distracción, objetos y técnicas escénicas para crear ante el público la sensación de que está ocurriendo algo imposible. No pretende tener poderes sobrenaturales; su arte consiste precisamente en hacernos disfrutar de una ilusión aun sabiendo que detrás existe una técnica o, como popularmente decimos, “un truco”.
El payaso, por su parte, es un artista de la comicidad y el entretenimiento. Con gestos, vestuario, ocurrencias, improvisación y humor busca provocar la risa y conectar con el público, especialmente con los niños. Durante generaciones, el payaso fue uno de los grandes animadores de cumpleaños, circos, escuelas y fiestas familiares.
Y entre ambos existía una palabra que el dominicano hizo suya:
el truco.
El mago hacía trucos.
El payaso hacía ocurrencias.
Y el dominicano quería descubrirlo todo.
Cuando el mago sacaba un conejo del sombrero, siempre aparecía un muchachito diciendo:
—¡Yo sé cómo fue que lo hizo!
Y otro se metía debajo de la mesa buscando el secreto.
Aquello era parte del espectáculo.
El mago necesitaba público, pero también necesitaba al dominicano desconfiado que quería descubrirle el truco.
¿Qué pasó con aquellos cumpleaños?
Antes usted llegaba a una fiesta infantil y encontraba globos, bizcocho, refrescos, niños corriendo, un payaso haciendo reír y, en ocasiones, un mago preparando su mesa misteriosa.
Había pañuelos que desaparecían, monedas que aparecían detrás de una oreja, barajas, sombreros, cajas que parecían vacías y objetos que aparecían donde nadie esperaba.
El payaso tenía otra misión.
—¡Que pase el cumpleañero!
—¡Ahora los padres!
—¡Todo el mundo a bailar!
Y comenzaba el corre-corre.
Eran personajes sencillos, pero tenían algo poderoso: reunían físicamente a la familia alrededor del entretenimiento.
Hoy muchas de aquellas funciones han sido sustituidas por otras formas de diversión. Los niños tienen celulares, tabletas, videojuegos, plataformas digitales, personajes virtuales y una cantidad extraordinaria de estímulos audiovisuales.
Pero el cambio deja una curiosidad:
los magos disminuyeron, los payasos se ven menos… pero el “truco” dominicano sobrevivió.
En República Dominicana todo “tiene su truco”
Porque pocas palabras tienen tanta vida en nuestro lenguaje cotidiano como truco.
Si alguien resuelve algo complicado:
—¿Cómo tú hiciste eso?
—Eso tiene su truco.
Si alguien aprende una manera más rápida de hacer algo:
—Enséñame el truquito.
Si un amigo consigue resolver una situación que parecía imposible:
—¡Ese sí sabe sus trucos!
Y está también el famoso “truquero”, personaje del vocabulario popular dominicano.
No necesariamente hablamos de alguien haciendo algo malo. Muchas veces llamamos “truquero” al habilidoso, al creativo, al que conoce una maña o encuentra una solución que los demás no habían pensado.
El dominicano arregla el abanico con una pieza que aparentemente no pertenece al abanico.
—¿Y cómo tú hiciste eso?
—Un truquito.
Hace funcionar nuevamente el televisor después de moverle un cable.
—¿Qué tenía?
—Eso tiene su truco.
Prepara un moro que todo el mundo quiere repetir.
—¿Qué tú le echaste?
—Ese es mi truquito.
¡Tenemos trucos para cocinar, reparar, bailar, trabajar y resolver!
Se fueron los magos, pero nos dejaron la palabra.
¿Y los payasos?
Con el payaso ocurrió algo parecido. Durante décadas fue protagonista de la diversión infantil dominicana. Su figura estaba asociada inmediatamente con cumpleaños, circos, fiestas escolares y televisión.
El payaso no necesitaba tecnología.
Necesitaba una nariz, un traje, creatividad y público.
Y podía convertir cualquier pequeño accidente en parte del espectáculo.
Si se caía, la gente se reía.
Si se le explotaba un globo, se reían.
Si el niño no quería participar, terminaba haciendo un espectáculo hasta con eso.
Era un oficio artístico basado en algo que ninguna aplicación puede fabricar completamente: la interacción humana del momento.
Que vuelvan los magos y los payasos
Quizás no desaparecieron completamente. Seguramente todavía existen excelentes artistas dedicados al ilusionismo y la comicidad en República Dominicana. Pero ya no parecen ocupar aquel espacio tan visible que tuvieron en otras épocas.
Y sería bonito recuperarlo.
Que vuelvan a los cumpleaños.
Que regresen a la televisión.
Que aparezcan en escuelas, teatros, hoteles, festivales y actividades comunitarias.
Que un niño pueda volver a mirar fijamente las manos de un mago tratando de descubrir dónde escondió la moneda.
Que vuelva a aparecer el payaso preguntando:
—¿Quién quiere participar?
Y que veinte muchachos levanten la mano al mismo tiempo.
Porque la tecnología puede ofrecernos espectáculos impresionantes, pero existe una emoción especial en ver a un artista frente a nosotros haciendo algo que nuestros ojos no logran explicar.
Por eso hacemos un llamado a los magos y payasos dominicanos:
¡Aparezcan!
A los payasos les pedimos que vuelvan a hacernos reír.
Y a los magos les reconocemos algo:
el truco de desaparecer les quedó demasiado bien.
Ahora hagan el más difícil:
volver a aparecer.
Porque podrán cambiar los cumpleaños, podrán cambiar la televisión y podrán cambiar las generaciones…
pero mientras exista un dominicano preguntando “¿y cuál es el truco?”, todavía quedará un poquito de magia en República Dominicana.
















