domingo 13 de septiembre de 2026 10:39 am
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El perdón, la conversión y la congregación en Emaús: tres pilares para mantener vivo nuestro encuentro con Cristo

El Santísimo, la confesión, la comunión, la oración y la vida en comunidad fortalecen un camino que no debe terminar en Emaús, sino continuar cada día de nuestra vida

Por José Zabala, creador de contenido

Nueva York.– Hablar de Emaús dentro de la fe católica es hablar de encuentro, transformación y regreso a Cristo. El Evangelio de san Lucas nos presenta a dos discípulos que caminaban tristes y confundidos hacia Emaús. Jesús se acercó y caminó junto a ellos sin que inicialmente pudieran reconocerlo. Finalmente, sus ojos se abrieron al partir el pan, y aquel encuentro cambió sus corazones.

Emaús nos enseña que Jesús puede estar caminando a nuestro lado incluso cuando nuestras preocupaciones, problemas, pecados y debilidades humanas nos impiden reconocerlo. Pero también nos deja una responsabilidad: lo vivido con Cristo no puede quedarse solamente en Emaús; tiene que acompañarnos durante la semana y reflejarse en nuestra vida.

Hoy quiero referirme especialmente a tres elementos que considero vitales: el perdón, la conversión y la congregación. Son tan importantes como muchas otras prácticas de nuestra fe, pero quiero detenerme en ellas porque necesito recordarlas, practicarlas y procurar que aquello que llega a mi corazón no desaparezca cuando regreso a la rutina.

El perdón va primero. Perdonar es una de las enseñanzas más profundas y, al mismo tiempo, más difíciles de Jesucristo. No podemos pedir constantemente misericordia a Dios mientras nos negamos a perdonar a nuestros hermanos. Perdonar no significa necesariamente olvidar una herida ni justificar lo que estuvo mal; significa no permitir que el rencor gobierne nuestro corazón. Y cuando somos nosotros quienes hemos fallado, también debemos tener la humildad de reconocerlo y pedir perdón.

Aquí adquiere un significado especial la confesión. En el sacramento de la Reconciliación reconocemos nuestras faltas, nos arrepentimos y buscamos nuevamente la misericordia de Dios. Confesarnos con sinceridad nos recuerda que todos necesitamos perdón y que siempre existe un camino de regreso hacia el Padre.

La conversión viene acompañada de ese perdón. Convertirse no consiste solamente en emocionarnos durante una experiencia espiritual. La verdadera conversión comienza cuando decidimos cambiar nuestra manera de pensar, hablar, reaccionar y tratar a los demás. Se demuestra en la casa, en el matrimonio, con nuestros hijos, familiares, amigos, compañeros de trabajo e incluso con quienes tenemos diferencias.

También está la congregación, porque ningún cristiano está llamado a caminar completamente solo. Necesitamos nuestra Iglesia, nuestra comunidad y nuestros hermanos de fe. Los discípulos de Emaús, después de reconocer a Jesús, regresaron a Jerusalén para reunirse con los demás. El encuentro personal con Cristo terminó conduciéndolos nuevamente hacia la comunidad.

Dentro de ese caminar tampoco podemos olvidar la presencia del Santísimo. Estar frente a Jesús Eucaristía es una oportunidad para detenernos, adorar, agradecer, pedir, guardar silencio y entregarle nuestras preocupaciones. En un mundo lleno de ruido, encontrar ese momento delante del Santísimo puede devolverle paz y dirección a nuestra vida.

Igualmente fundamental es la comunión. Recibir a Cristo en la Eucaristía, debidamente preparados, no debe convertirse en una simple costumbre. Cada comunión debe renovar nuestro compromiso de llevar a Jesús con nosotros cuando salgamos de la iglesia y enfrentemos nuevamente la realidad cotidiana.

Un buen cristiano procura vivir desde la obediencia, la fe y el amor a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, teniendo presentes los Diez Mandamientos, la oración, los sacramentos y las enseñanzas de Jesucristo. No significa que seamos perfectos. Somos seres humanos, podemos caer y equivocarnos. La diferencia está en reconocer nuestras faltas, arrepentirnos, levantarnos y volver a caminar con Dios.

Y quizás ahí está uno de los mayores retos de Emaús: la semana siguiente.

¿Qué hacemos después de regresar? ¿Seguimos perdonando? ¿Buscamos la confesión? ¿Visitamos al Santísimo? ¿Recibimos la comunión? ¿Nos congregamos? ¿Oramos? ¿Tratamos mejor a nuestra familia? ¿Somos más humildes? ¿Estamos verdaderamente intentando cambiar?

Emaús no puede ser solamente un retiro, una emoción o un hermoso recuerdo. Emaús tiene que convertirse en una forma de caminar con Cristo.

Por eso quiero quedarme especialmente con estas tres palabras: perdón para sanar, conversión para cambiar y congregación para no caminar solos. Y alrededor de ellas, mantener vivos el Santísimo, la confesión, la comunión, la oración, la obediencia y nuestra fe.

Porque el verdadero Emaús no termina cuando reconocemos a Jesús al partir el pan. Allí comienza nuestra responsabilidad de regresar al mundo con un corazón diferente y demostrar durante toda la semana, con nuestras acciones, que verdaderamente caminamos con Él.

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