El nuevo año escolar exige mayor supervisión de los padres: ningún teléfono debe ocupar el lugar de la familia, los maestros, los libros y la formación académica
Por José Zabala, creador de contenido
Nueva York.– Muchos niños y adolescentes están recibiendo actualmente dos educaciones paralelas: la formación académica impartida por la escuela y otra, desordenada y permanente, proporcionada por las redes sociales. El problema aparece cuando TikTok, Instagram, YouTube y otras plataformas terminan ejerciendo mayor influencia que los padres y los maestros.
Las redes sociales no son malas por sí mismas. Pueden facilitar el acceso a información, creatividad, comunicación y contenidos educativos. Sin embargo, cuando se utilizan sin horarios, orientación ni supervisión familiar, pueden convertirse en una poderosa fuente de distracción y desplazar la lectura, las tareas, el descanso, la convivencia y el pensamiento crítico.
La OCDE, en su informe de 2026 sobre la infancia en la era de las redes sociales, advierte que una preocupación importante para padres y educadores es que el carácter interactivo de estas plataformas puede desviar el tiempo y la concentración de las actividades académicas. No significa que cada estudiante que use redes tendrá malas calificaciones, pero sí existe un riesgo mayor cuando el consumo se vuelve excesivo o compulsivo.
Los resultados de PISA también muestran que los estudiantes que se sienten distraídos por dispositivos digitales durante las clases presentan un rendimiento inferior en matemáticas. La evidencia distingue entre utilizar la tecnología con fines educativos y pasar horas consumiendo entretenimiento: el uso moderado y dirigido puede ayudar, mientras que el exceso recreativo se relaciona con menor desempeño y un sentido más débil de pertenencia escolar, según la OCDE.
La preocupación ya ha producido respuestas internacionales. En marzo de 2026, la UNESCO informó que 114 sistemas educativos —el 58 % de los países— contaban con prohibiciones o restricciones nacionales sobre el uso de teléfonos móviles en las escuelas. En 2023, la proporción era de apenas un 24 %. Este crecimiento revela una alarma mundial ante la distracción, el ciberacoso y la influencia de los entornos digitales sobre el aprendizaje y el bienestar estudiantil.
Una generación capturada por la atención inmediata
Las plataformas están diseñadas para conservar la atención mediante notificaciones, videos breves, recompensas inmediatas y contenido continuo. Frente a esos estímulos, estudiar, leer o resolver un problema matemático puede parecer lento y poco atractivo. El niño comienza a preferir lo que le produce satisfacción instantánea y puede perder gradualmente la paciencia necesaria para aprender.
El peligro no consiste solamente en bajar las calificaciones. También pueden deteriorarse la concentración, la disciplina, el sueño, la comunicación familiar y la capacidad para distinguir entre conocimiento comprobado, publicidad, rumores y opiniones difundidas por personas sin preparación.
La advertencia oficial del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos señala que no existe evidencia suficiente para concluir que las redes sociales sean plenamente seguras para niños y adolescentes. El organismo indica que quienes pasan más de tres horas diarias en ellas enfrentan el doble de riesgo de experimentar problemas de salud mental, incluidos síntomas de ansiedad y depresión.
Aquí comienza la responsabilidad de los adultos. Entregarle un teléfono a un menor sin límites ni acompañamiento no es simplemente proporcionarle entretenimiento: es abrirle una puerta permanente a influencias, desconocidos, comparaciones sociales, publicidad y contenidos que posiblemente todavía no tiene la madurez necesaria para comprender.
La supervisión no es persecución: es protección
Para este año escolar, los padres deben involucrarse más. No basta con comprar uniformes, útiles escolares o computadoras. También es necesario conocer qué consumen los hijos, cuánto tiempo permanecen conectados y si están utilizando la tecnología para aprender o solamente para distraerse.
Cada familia debe establecer horarios claros, retirar los teléfonos durante las tareas, las comidas y el descanso nocturno, mantener conversaciones frecuentes sobre lo que aparece en internet y conservar comunicación directa con los maestros. Los adultos también deben dar el ejemplo: resulta difícil exigirles moderación a los hijos cuando los padres permanecen constantemente pendientes de sus propios teléfonos.
La educación verdadera continúa naciendo del hogar, se fortalece en la escuela y se consolida mediante el esfuerzo. Las redes pueden complementar ese proceso, pero jamás deben sustituirlo.
La gran advertencia de este tiempo es sencilla: cuando los padres no orientan la vida digital de sus hijos, otros terminan educándolos desde una pantalla. Recuperar su atención no significa alejarlos completamente de la tecnología, sino enseñarles a dominarla antes de que ella los domine a ellos.
















