¿Qué está pasando con algunos jóvenes dominicanos en Washington Heights? Una señal de alerta que la comunidad no debe ignorar. ¿Qué imagen dejamos cuando ocurre un desorden? ¿Dónde están los padres, las instituciones y los líderes?
La dominicanidad es cultura, orgullo, raíces y respeto; no libertinaje ni desorden. Cuando algunos jóvenes utilizan una celebración patriótica como excusa para protagonizar peleas, vandalismo o conductas irresponsables en Washington Heights, no están representando nuestros valores: están dañando la imagen de una comunidad trabajadora que durante décadas ha luchado por ganarse un espacio digno en Nueva York. Celebrar ser dominicano nunca debe significar perder el respeto por los demás, por la comunidad ni por uno mismo.
Desórdenes protagonizados por grupos de jóvenes después de grandes celebraciones abren un debate sobre familia, educación, salud mental, oportunidades, disciplina y el futuro de una nueva generación dominicana en Nueva York. No es simplemente “mala conducta”. Desde una perspectiva social, estos comportamientos no pueden analizarse solamente diciendo que un joven “es malo”. El futuro de la juventud dominicana en Nueva York todavía se está escribiendo. Y todos somos responsables de ayudar a que la próxima página sea mejor.
La dominicanidad es cultura, orgullo, raíces y respeto; no libertinaje ni desorden. Cuando algunos jóvenes utilizan una celebración patriótica como excusa para protagonizar peleas, vandalismo o conductas irresponsables en Washington Heights, no están representando nuestros valores: están dañando la imagen de una comunidad trabajadora que durante décadas ha luchado por ganarse un espacio digno en Nueva York. Celebrar ser dominicano nunca debe significar perder el respeto por los demás, por la comunidad ni por uno mismo.
En el contexto de su artículo, “libertinaje en nombre de la dominicanidad” quiere decir que algunas personas pueden confundir celebrar con orgullo su cultura con creer que tienen derecho a provocar desórdenes, peleas, vandalismo o faltas de respeto. La diferencia es sencilla: libertad es disfrutar respetando; libertinaje es actuar sin respetar los límites ni a los demás.
Por José Zabala, creador de contenido
Nueva York.– Algo merece una reflexión profunda en Washington Heights. Cada vez que una gran celebración reúne a miles de personas y posteriormente pequeños grupos de jóvenes terminan protagonizando desórdenes en las calles, surge una pregunta que la comunidad dominicana no puede limitarse a responder únicamente con críticas: ¿qué está pasando con una parte de nuestra juventud y qué estamos haciendo para evitar que esas conductas definan injustamente a toda una generación?
Sería irresponsable afirmar que ese comportamiento representa a la juventud dominicana. No la representa. Miles de jóvenes de raíces dominicanas estudian, trabajan, practican deportes, emprenden, ayudan a sus familias y avanzan silenciosamente todos los días. Son estudiantes universitarios, profesionales, artistas, deportistas, trabajadores y futuros líderes que raramente reciben la misma atención que produce un video de violencia o desorden en las redes sociales.
Pero tampoco podemos mirar hacia otro lado. Cuando determinados grupos aprovechan una concentración multitudinaria para alterar el orden, enfrentarse, bloquear calles, cometer actos de vandalismo o asumir comportamientos que ponen en peligro a otras personas, existe un problema que merece atención.
No es simplemente “mala conducta”. Desde una perspectiva social, estos comportamientos no pueden analizarse solamente diciendo que un joven “es malo”.
La conducta juvenil se desarrolla dentro de una combinación compleja de familia, escuela, amistades, condiciones económicas, experiencias traumáticas, oportunidades, entorno comunitario y acceso a espacios positivos.
En Washington Heights existen precisamente programas creados porque instituciones de la propia comunidad han identificado jóvenes que necesitan mayor acompañamiento.
El Uptown Hub de NewYork-Presbyterian, dirigido a jóvenes de 14 a 24 años de Washington Heights e Inwood, trabaja para conectarlos con educación, empleo, bienestar y actividades recreativas. Entre sus objetivos está reducir el tiempo ocioso, las conductas de riesgo y el contacto inicial con el sistema judicial mediante relaciones positivas con compañeros y mentores.
Eso nos dice algo importante: la prevención necesita alternativas. Un joven necesita encontrar un lugar donde pertenecer. Si no lo encuentra en la escuela, el deporte, la familia, una organización comunitaria, una iglesia, el arte o un programa juvenil, puede terminar buscando identidad y reconocimiento en otros espacios que no necesariamente lo conducirán por el mejor camino.
Salud mental: detrás de una conducta puede existir algo que no vemos
Los profesionales que trabajan con jóvenes expuestos a violencia y trauma advierten que esas experiencias pueden afectar profundamente su desarrollo.
Programas implementados en escuelas de Washington Heights han utilizado consejería individual y grupal, educación sobre trauma y espacios seguros precisamente para ayudar a jóvenes a procesar experiencias difíciles y prevenir nuevos daños. Esto no significa justificar un acto violento.
Comprender no significa justificar. Quien destruye propiedad, agrede a otra persona o pone en peligro a una comunidad debe enfrentar las consecuencias correspondientes. Pero si solamente castigamos después del problema y nunca investigamos qué ocurrió antes, seguiremos atendiendo las consecuencias sin combatir las causas.
La escuela tiene que estar en el centro. La educación merece una atención especial.
Existe investigación histórica sobre estudiantes dominicanos en escuelas públicas de Nueva York que documentó mayores riesgos de abandono escolar asociados a problemas estructurales como hacinamiento, currículo deficiente, rotación y ausentismo docente y recursos insuficientes. Esos hallazgos no deben utilizarse para afirmar sin datos actuales que existe hoy una “deserción tremenda”, pero sí demuestran que la relación entre educación y juventud dominicana ha sido una preocupación real durante décadas.
Por eso necesitamos datos actuales y, sobre todo, intervención temprana. Cuando un adolescente comienza a faltar regularmente a clases, abandona actividades extracurriculares, pierde conexión con adultos responsables y pasa demasiado tiempo sin supervisión ni objetivos, la comunidad debería preguntarse qué está ocurriendo antes de que aparezca un problema mayor.
Washington Heights también tiene las herramientas
No todo es negativo. Washington Heights posee organizaciones que llevan años trabajando precisamente con jóvenes y familias.
El Police Athletic League mantiene en el Armory programas de arte, danza, tecnología, ayuda académica, deportes, recreación, servicio comunitario y actividades que conectan jóvenes con policías y mentores.
Alianza también desarrolla programas dirigidos a jóvenes y familias del Alto Manhattan, trabajando dentro de escuelas y buscando mejorar resultados educativos y acceso a recursos.
Esto demuestra que la solución no tiene que inventarse desde cero. Hay instituciones. Hay profesionales. Hay líderes. Hay escuelas. Hay iglesias. Hay entrenadores. Hay padres preocupados. Lo que necesitamos es conectarlos alrededor de una estrategia común.
¿Qué imagen dejamos cuando ocurre un desorden? Aquí aparece otro problema. Un grupo relativamente pequeño puede destruir en minutos la imagen positiva construida por miles. Cuando circulan imágenes de jóvenes peleando, alterando el tránsito, subiéndose sobre vehículos o enfrentándose con otras personas, quien observa desde fuera posiblemente no conozca sus historias individuales.
Ve una comunidad. Y generaliza. Eso es profundamente injusto para el estudiante dominicano que al día siguiente se levanta temprano para ir a la universidad. Para el joven que trabaja y estudia. Para quien ayuda económicamente a sus padres. Para el deportista. Para el músico. Para el emprendedor. Para miles que jamás protagonizan un incidente. Por eso los propios jóvenes deben comprender algo fundamental: cuando se actúa públicamente llevando una identidad comunitaria, las acciones individuales pueden terminar afectando injustamente la percepción de todos.
¿Dónde están los padres, las instituciones y los líderes? La responsabilidad tampoco puede colocarse exclusivamente sobre los muchachos. ¿Dónde estamos los adultos? ¿Dónde están las familias? ¿Dónde están nuestras organizaciones? ¿Dónde están las instituciones educativas? ¿Dónde están los programas deportivos? ¿Dónde están los empresarios que pueden ofrecer un primer empleo? ¿Dónde están los profesionales dominicanos que pueden convertirse en mentores? Una comunidad no puede aparecer únicamente después del problema para condenar al joven. Tiene que aparecer antes. Antes de abandonar la escuela. Antes de la primera pelea. Antes del primer arresto. Antes de que una pandilla se convierta en familia sustituta. Antes de que las redes sociales conviertan una conducta peligrosa en una forma de conseguir atención.
El futuro de la juventud dominicana no está perdido. No acepto la idea de que esta generación esté perdida. Todo lo contrario. La juventud dominicana de Nueva York posee acceso a universidades, tecnología, idiomas, cultura, deportes y oportunidades que generaciones anteriores difícilmente podían imaginar.
El problema es conseguir que esas oportunidades lleguen también al joven que está desconectándose. Ahí debería concentrarse una gran alianza comunitaria: escuela, familia, salud mental, deporte, cultura, empleo, mentoría y disciplina. No solamente policía. No solamente castigo. Y tampoco solamente discursos. Prevención acompañada de responsabilidad. Oportunidades acompañadas de disciplina. Derechos acompañados de deberes.
Una minoría no puede definir a toda una generación. Washington Heights sigue siendo una de las grandes cunas de la dominicanidad en Estados Unidos. Por eso debemos proteger su futuro. Cuando algunos jóvenes protagonizan desórdenes, debemos condenar las conductas que perjudican a otras personas, pero sin convertir esa condena en una sentencia contra toda la juventud dominicana.
Por cada joven que aparece causando problemas en un video, existen muchísimos que están estudiando, trabajando, cuidando a sus familias y construyendo silenciosamente su futuro. A esos también tenemos que mostrarlos. Y al muchacho que está tomando el camino equivocado no debemos abandonarlo. Hay que intervenir. Orientarlo. Exigirle. Darle oportunidades. Y hacerle entender que pertenece a una comunidad que espera mucho más de él. La pregunta no debe ser solamente “¿qué les pasa a nuestros jóvenes?”
La pregunta más importante es: ¿qué vamos a hacer, como comunidad, para que ninguno tenga que encontrar en el desorden, la violencia o la calle el sentido de pertenencia que debió encontrar en la familia, la escuela y su propia comunidad?
Foto IA ilustrativa.
















