lunes 7 de septiembre de 2026 08:33 am
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¡Capicúa, 25!: el dominó que vive en El Malecóncito, Katanga, Los Mina

Cuando yo digo “¡Capicúa, 25!”, no recuerdo solamente una jugada ganadora. Recuerdo mis raíces, mis vivencias y aquella comunidad de El Malecóncito, Katanga, Los Mina, donde una mesa de dominó podía reunir a todo un barrio.

Más que colocar fichas sobre una mesa, el dominó representa memoria, estrategia, amistad y convivencia en los barrios dominicanos

Por José Zabala, creador de contenido

Nueva York.– “¡Capicúa, 25!” no es solamente una expresión que se grita para celebrar una jugada. Para quienes crecimos en El Malecóncito, Katanga, Los Mina, esas palabras guardan recuerdos de familiares, vecinos, tardes compartidas y mesas improvisadas en las aceras y calles del barrio.

El dominó tiene antecedentes muy antiguos en China, donde surgieron juegos de fichas relacionados con las combinaciones de los dados. Posteriormente llegó a Europa y, durante el siglo XVIII, comenzó a popularizarse la versión occidental de 28 fichas que conocemos actualmente. Con el tiempo cruzó fronteras y encontró en el Caribe, especialmente en República Dominicana, uno de sus hogares culturales más importantes.

Pero ¿qué significa capicúa? De acuerdo con la Real Academia Española⁠, la palabra procede del catalán cap i cua, que significa “cabeza y cola”. En el dominó se produce cuando un jugador gana colocando su última ficha en cualquiera de los dos extremos abiertos de la jugada.

El “25” corresponde a una regla tradicional de muchas mesas de patio dominicanas, donde esa jugada especial recibe 25 puntos adicionales. Sin embargo, no es una regla universal: dependiendo del barrio, la familia o el torneo, la capicúa puede valer 25, 30, el doble de los puntos acumulados u otra puntuación previamente acordada.

En El Malecóncito, Katanga, Los Mina, gritar “¡Capicúa, 25!” era anunciar una victoria con alegría y picardía. La frase podía provocar risas, discusiones amistosas y hasta el deseo inmediato de jugar otra partida. Allí se aprendía a contar fichas, observar gestos, interpretar silencios, trabajar en pareja y aceptar que unas veces se gana y otras se pierde.

El dominó también posee un profundo valor afectivo y social. Alrededor de una mesa se reúnen generaciones diferentes, se cuentan historias, se comentan los acontecimientos del barrio y se fortalecen las amistades. Quienes observan también participan: opinan, celebran, cuestionan las jugadas y convierten cada partida en una pequeña fiesta comunitaria.

Por eso, el dominó dominicano no consiste únicamente en colocar fichas. Es inteligencia popular, convivencia, tradición y sentido de pertenencia. Cada golpe sobre la mesa parece decir que el barrio continúa vivo.

Cuando yo digo “¡Capicúa, 25!”, no recuerdo solamente una jugada ganadora. Recuerdo mis raíces, mis vivencias y aquella comunidad de El Malecóncito, Katanga, Los Mina, donde una mesa de dominó podía reunir a todo un barrio.

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