En el polo sur de la Luna, donde el termómetro puede caer hasta los -200 °C, mantener cualquier equipo encendido es un reto de ingeniería mayúsculo. Para superar ese obstáculo, la NASA está desarrollando baterías de estado sólido que alimentarán las futuras misiones del programa Artemis, con el objetivo de operar de forma confiable donde las tecnologías convencionales sencillamente se rinden.
El problema con las baterías de iones de litio actuales —las mismas de teléfonos, computadoras y autos eléctricos— es su electrolito líquido, el material que permite el paso de la carga dentro de cada celda. A temperaturas muy bajas ese componente se congela; en el vacío espacial puede evaporarse, y con el calor excesivo pierde eficiencia. En un entorno como el lunar, eso significa fallas garantizadas.
SPEARS: energía sólida para la Luna
El proyecto, identificado con el acrónimo SPEARS (Solid Power for Extreme Environment Adaptability and Resilience in Space), nació en 2026 con financiamiento de la Dirección de Misiones de Investigación y Tecnología de la NASA. Lo lidera el Centro de Investigaciones Glenn en Cleveland, con el desarrollo de materiales y las pruebas a cargo del Centro Langley en Virginia y la participación del Centro Ames en California.
La solución consiste en reemplazar el electrolito líquido por un material sólido elaborado con cerámica o polímeros, lo que elimina el riesgo de congelamiento y evaporación, y de paso reduce el riesgo de incendio asociado a los electrolitos líquidos inflamables. Donald Dornbusch, investigador principal de SPEARS en Glenn, lo resumió así: «Las baterías se han convertido en una parte importante de nuestras vidas en la Tierra. También las necesitaremos en la Luna, y deberán funcionar de manera confiable y segura en este entorno hostil».
Resultados de las pruebas: funcionan a -80 °C y resisten -170 °C
Los ensayos en cámara de vacío térmico en Langley arrojaron resultados alentadores: las celdas experimentales operaron con buen rendimiento entre -60 °C y 80 °C, y continuaron funcionando a -80 °C, aunque con desempeño reducido. «Demostramos por primera vez que estas celdas pueden funcionar a -80 grados Celsius», destacó Yi Lin, responsable de las pruebas del proyecto.
La resistencia extrema quedó comprobada en ciclos térmicos entre 100 °C y -170 °C: aunque a esa temperatura mínima no pueden entregar electricidad de inmediato, las unidades no sufrieron daños estructurales y recuperan su capacidad al volver a un rango operativo. Para reactivarlas bastarían pequeños calentadores, sin necesidad de calefacción permanente, lo que reduciría el peso de los sistemas térmicos de naves y hábitats. Entre las aplicaciones previstas figuran taladros para cráteres oscuros, vehículos de superficie, equipos de emergencia para astronautas e instrumentos científicos de larga duración. Y aunque SPEARS fue concebido para el espacio, sus responsables creen que la tecnología podría llegar también a autos, celulares, equipos de comunicación y drones.
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